Aquí avivaremos una historia secreta que nadie mas la sabe, disfrútala:

CAPÍTULO 1: El Vacío y la Sombra
El rotor del helicóptero cortaba el aire denso de la selva guatemalteca, pero para el Mayor Alan «Dutch» Schaefer, solo había un silencio atronador en su cabeza. Miraba el horizonte que se teñía de los primeros grises del amanecer, un amanecer que él nunca creyó volver a ver. A su lado, la joven Anna Gonsalves, con la mirada perdida y la piel manchada de sangre y tierra, era el único testigo vivo de la carnicería. Pero para Dutch, Anna era también un fantasma: el único que comprendía la verdadera naturaleza del horror que habían enfrentado.
En el hospital militar, las preguntas llovieron. Informes sobre guerrilleros, una explosión termonuclear, una misión fallida. Dutch, con la garganta ronca y la mirada vacía, repitió la historia que le habían dictado: «Fuerzas rebeldes… un ataque desproporcionado… tuvimos que retirarnos.» Nadie creería la verdad. ¿Cómo describir a una criatura invisible, un cazador de trofeos de otro mundo? Sus hombres, sus hermanos de armas, masacrados uno a uno, desollados, sus cuerpos colgando como grotescas ofrendas. La sonrisa retorcida del alienígena antes de morir, la explosión final que lo devoró todo.
La psiquiatra asignada, la Dra. Arlene Vance, una mujer joven con ojos demasiado curiosos, no estaba convencida. «Mayor Schaefer,» dijo, «sus constantes referencias a ‘el Cazador’, sus pesadillas, su paranoia… ¿Podríamos estar ante un caso de estrés postraumático severo, quizás una psicosis inducida por el trauma?»
Dutch la miró con una calma fría. «Doctora, usted no ha estado en la jungla. Usted no ha visto lo que vi. No es psicosis, es precaución.»
Los siguientes meses fueron un infierno silencioso. Dutch fue condecorado, luego relegado a un puesto administrativo en el Pentágono, un despacho estéril y lejos de cualquier selva. Pero la selva lo había marcado. No podía dormir. Cada sombra era un camuflaje óptico. Cada gota de sudor en su frente lo transportaba de nuevo al barro, al sudor de Billy, a la risa maníaca de Mac. Se entrenaba compulsivamente, corría kilómetros hasta el agotamiento, levantaba pesas hasta que sus músculos gritaban. Quería estar listo. No sabía para qué, pero sabía que volvería.
Anna, por su parte, desapareció en el anonimato de la vida civil, pero Dutch sabía que ella también llevaba el mismo peso. Ambos eran portadores de una verdad que nadie más podía comprender, y esa verdad los unía en un lazo invisible.
CAPÍTULO 2: El Eco de la Cacería
Tres años después, Dutch era un fantasma de lo que fue. Sus licencias para el campo fueron revocadas. Los rumores sobre su «colapso mental» se extendieron. Había abandonado el ejército, viviendo una vida solitaria, trabajando como instructor de supervivencia para civiles adinerados, una ironía cruel. Pero su mente nunca dejó de escanear, de buscar patrones, de escuchar el silencio entre los árboles.
Una noche, mientras observaba un documental sobre avistamientos anómalos en el Amazonas, una imagen fugaz lo paralizó: una anomalía térmica en un escaneo satelital de una remota región de la cuenca del Río Negro, en Brasil. Era débil, intermitente, pero inconfundible. La huella térmica de camuflaje de un Predator.
El corazón de Dutch latió con una furia helada. No era psicosis. No estaba loco. Había vuelto.
Inmediatamente, Dutch contactó a un viejo amigo, un ex-miembro de las Fuerzas Especiales llamado Ben Carter, un brillante pero excéntrico experto en comunicaciones e inteligencia que había dejado el ejército para ser un «consultor privado» con conexiones en el inframundo de la información.
«Carter, necesito que me consigas acceso a todos los informes sobre anomalías en el Amazonas en los últimos seis meses. Avistamientos inexplicables, desapariciones, cualquier cosa.»
Carter, acostumbrado a las peticiones extravagantes de Dutch, solo preguntó: «¿Otra vez con tus fantasmas, Mayor?»
«Estos fantasmas matan, Carter,» respondió Dutch. «Y ahora están en Sudamérica.»
A medida que Carter recopilaba la información, el patrón emergió: pequeños destacamentos militares brasileños desaparecidos, campamentos de mineros ilegales arrasados, reportes de «luces en el cielo» seguidos de un silencio sepulcral. Y, lo más inquietante, la aparición de cuerpos desollados, colgados de los árboles. La firma del Cazador.
CAPÍTULO 3: El Llamado de la Jungla de Hierro
Dutch no podía ir solo. Necesitaba un equipo, pero no cualquier equipo. Necesitaba hombres que no hicieran preguntas, que confiaran en él ciegamente y que fueran tan letales como los que había perdido. Y, sobre todo, que pudieran aceptar lo impensable.
Su primera parada fue en un ring de boxeo clandestino en Brooklyn. Ahí encontró a «Iron» Mike Davis, un ex-Marine con un pasado problemático, una furia contenida y una lealtad inquebrantable a quienes consideraba sus «hermanos». Mike, que había servido bajo el mando de Dutch en una misión en Sierra Leona, era una bestia en el combate cuerpo a cuerpo y un experto en armas pesadas.
«¿Qué quieres, Dutch?» gruñó Mike, limpiándose la sangre de un labio roto. «Un trabajo. En el Amazonas. Algo… diferente.» Mike entrecerró los ojos. «Diferente como en ‘nadie ha vuelto de ahí’?» «Exacto. Pero esta vez, vamos preparados.»
Luego, Dutch rastreó a Dr. Lena Sharma, una brillante bióloga y etnobotánica india que había trabajado con agencias de contrainteligencia. Lena era una experta en supervivencia en entornos hostiles, en la identificación de flora y fauna, y su mente analítica era invaluable. Dutch la conocía de un proyecto secreto en Asia, donde había demostrado una calma imperturbable bajo presión.
«¿Mayor Schaefer?» Lena respondió al teléfono con sorpresa. «Pensé que se había retirado de todo lo que no fuera una oficina con aire acondicionado.» «Las oficinas no tienen hojas de afeitar invisibles en el aire, Doctora,» dijo Dutch. «Necesito su conocimiento de la jungla y su mente rápida. Tenemos un problema con una… especie invasora.»
Finalmente, Dutch volvió a Anna. La encontró trabajando como traductora en una ONG en Washington D.C., su espíritu aún marcado, pero con una fortaleza silenciosa. Le mostró las imágenes satelitales, los informes. La mirada en los ojos de Anna no era de miedo, sino de reconocimiento. «¿Ha vuelto?» preguntó en un susurro. «Sí,» respondió Dutch. «Y esta vez, no voy a huir.» «Yo tampoco,» dijo Anna, con una resolución firme. «Necesitas a alguien que conozca las costumbres locales, las lenguas indígenas. Necesitas a alguien que sepa qué buscar en la jungla.»
CAPÍTULO 4: El Reflejo en el Agua Negra
El equipo era pequeño, pero letal y disfuncional. Dutch, el líder taciturno con demonios propios. Mike, la fuerza bruta con un corazón de oro. Lena, la mente científica que buscaba patrones y soluciones. Y Anna, la testigo, la voz local, la conexión con la humanidad que estaban intentando proteger.
Se internaron en el Amazonas, siguiendo las anomalías térmicas y los rastros de destrucción. La jungla brasileña era más densa, más brutal que la centroamericana. El calor, los insectos, la humedad, todo era un recordatorio constante de su vulnerabilidad.
La primera noche, mientras montaban el campamento, Dutch sintió el familiar cosquilleo en la nuca. El silencio antinatural. La ausencia de grillos, de aves. Levantó la mano, deteniendo a todos.
«Está aquí,» susurró.
El Cazador, esta vez, era más audaz, o tal vez más confiado. Había aprendido. No atacó directamente. Estudió al equipo, observó sus patrones. Dutch, sin embargo, también había aprendido. Sabía cómo pensaba. Sabía cómo cazaba.
Dutch no buscaba venganza. Buscaba detenerlo. Sabía que esta criatura, y quizás muchas más, veían la Tierra como un simple coto de caza. Y si no se les detenía, el bosque, y luego el mundo, se convertirían en su trofeo.
Mientras las sombras de la noche se cernían sobre el río Negro, reflejando el oscuro misterio de la selva y el terror que se ocultaba en ella, Dutch Schaefer, el hombre que una vez huyó, ahora esperaba. Esperaba para enfrentarse, una vez más, al Cazador. Porque esta vez, no solo era una misión; era su destino.